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sexta-feira, 21 de outubro de 2011

Los Rios Profundos de José María Arguedas na Resenha de Soledad Platero


No ano do Centenário de nascimento do escritor peruano josé maría arguedas, publicamos do el país cultural - uy,  a resenha de soledad platero sobre a obra los rios profundos. 
"LOS RÍOS PROFUNDOS", LA NOVELA CONSAGRATORIA

Hijo de los ríos y de los puentes


COMO SUCEDE con otros autores -el peruano César Vallejo, pero también el alemán Walter Benjamin- José María Arguedas es un territorio en disputa. Su persona y su obra funcionan como locaciones para el debate entre distintas formas de entender la cultura, la política y la escritura. Como escenario y premio para corrientes, a veces opuestas y a veces confluyentes, de opinión y de análisis.
Él mismo se entendía de ese modo. Él fue el primero en exponer con detalle, y reiteradamente, el combate en el que se sentía atrapado, y que puede esquematizarse como un tironeo entre sus dos patrias: la lengua quechua y la lengua española; el mundo andino y el mundo de los blancos; la inclinación mágica y la pretensión etnográfica. Y es, seguramente, por esa exposición constante de su dolencia, por ese abuso confesional y erizado -y por el contexto en que tuvo lugar- que hasta hoy, a cien años de su nacimiento, sigue siendo un punto luminoso y ciego, una condensación de materia radiante que rechaza la voluntad simplificadora del ojo.
Arguedas escribió varios relatos que dan cuenta de la vida en la sierra, de las costumbres de los indios y de los mistis, de la situación de aculturación en la que vivían los colonos, de la miseria y el desamparo que azotaban a esos hombres y mujeres atados a una tierra ajena, embrutecidos por la chicha y adormecidos por los sermones de los curas; pero la novela que lo hizo trascender el mero folclorismo, la que lo consagró como un escritor mayor, por encima del valor crítico o testimonial de sus historias, fue Los ríos profundos.

sexta-feira, 26 de agosto de 2011

EL INSPECTOR MAIGRET - Resenha de Soledad Platero no El País Cultural


Cada hombre es un mundo

LA PRIMERA novela de la serie protagonizada por el comisario Maigret, escrita por Georges Simenon, fue Pietr, le leton, de 1931. En español circuló como Pedro, el letón, pero también como La muerte ronda a Maigret, un título más cercano a la estética de las colecciones de novelas populares en las que el célebre comisario se inscribiría.
Jules Maigret fue el protagonista de 78 novelas y 28 cuentos, y es uno de los detectives literarios más recordados por los lectores y, sin duda, el más querido. Abrió el camino del policial europeo -ese que se distanció tanto de la novela inglesa de enigma como de la novela negra norteamericana para instalarse en un clima de pequeños cafés y tabernas, en fondas que guardan el olor de muchos guisos, en pensiones y arrabales menos violentos que sórdidos o melancólicos.
Maigret es el rey indiscutible de ese ambiente, y podríamos afirmar que es él mismo quien lo construye, en tanto son siempre su perspectiva y su universo moral los que tenemos al transitarlo. Es probable que el notable éxito de la serie, que la simpatía y el afecto conquistados por el personaje, y el respeto obtenido por su creador, Georges Simenon, se apoyen en la sólida legalidad que el comisario de la Policía Judicial va desplegando a su paso, y que, aún ahora, pasados tantos años, sigue impermeable a las objeciones políticamente correctas, a los reclamos de veracidad y a las exigencias de precisión que amenazan a tantos mundos ficticios. 
El comisario no tiene hijos. Vive con su mujer, Mme. Maigret, en un apartamento del bulevar Richard-Lenoir. Tienen rutinas matrimoniales -el cine de los jueves; las cenas, una vez al mes, en casa de los Pardon; las vacaciones, una vez al año, en Meung-sur-Loire, en donde piensan vivir de viejos- que asoman siempre, lateralmente, para ayudar al lector a instalarse en la perspectiva del personaje. Para pisar dentro de los zapatos de Maigret desde que se despierta, y acompañarlo en cada paso dado en ese mundo conocido pero siempre desafiante, en el que alguien muere violentamente y hay que descubrir por qué.
El mundo de Maigret es la gente. No es París, ni las pequeñas poblaciones a las que se traslada ocasionalmente, casi siempre detrás de un impulso, de una curiosidad, sin órdenes expresas ni cobertura oficial. Su mundo es la pura gente y su circunstancia. Su mundo se edifica desde él, desde su mirada, y se completa en ese misterio siempre renovado que son las personas, sus vidas de todos los días, los hábitos en los que se han ido gastando y desdibujando durante años, hasta el punto de pedir, secretamente, que algo, aunque sea alguna desgracia, caiga sobre ellos y los arranque de ahí.

sexta-feira, 8 de julho de 2011

El País Cultural: A resenha de Soledad Platero sobre livro de Vlady Kociancich


Tradición y talento individual


Soledad Platero

AUNQUE HACER una afirmación semejante es siempre un peligro, no está de más correr ciertos riesgos para postular que hay cierta literatura que sólo puede ser argentina. Y que esa cualidad única, peculiarísima, no tiene que ver con escenarios o temas, sino que habita en una forma precisa, distintiva, de trabajar en el lenguaje.
Cuadro de una muerte dudosa es una novela argentina, y no porque irrumpan en ella Buenos Aires, o el olor del café, o la enormidad vacía del campo (el campo, en la Argentina, no es como el campo uruguayo: es el desierto metafísico que Borges encontró en Sarmiento, en Mansilla o en Hernández), o los apellidos ingleses pegados a nombres criollos. Es argentina en su escritura. Es inconfundiblemente argentina en la forma de tratar con las palabras, de pegar adjetivos a sustantivos, de establecer el ritmo de la prosa: "Sé que ese hombre lleva años escapando de la justicia con sobornos, pagando caro un nombre falso. Sé que amparado en la desidia de funcionarios tan huidizos como él, igualmente insaciables de plata mal habida, pudo vivir casi al nivel de la autoridad que había tenido antes de cometer la estupidez de un asesinato".
En la escritura de Vlady Kociancich (Buenos Aires, 1941) está Borges (y en Borges hay mucha gente), pero también es fuerte el parentesco con Piglia, con Andrés Rivera, con Abelardo Castillo, con Sylvia Iparraguirre, con Eduardo Belgrano Rawson. Está en ciertos giros, en cierta forma de tratar la frase; de inyectarle, podría decirse, una prosodia literaria.

UNA ESTAFA LEGAL. En Cuadro de una muerte… hay varias muertes, aunque sólo una sea la del título. Pero ya se sabe que una muerte violenta procede siempre de alguna muerte anterior, y no es raro que se estire en muertes posteriores. Una mujer aparece colgada de un árbol, en medio de un campo pelado, en una zona baja y pegajosa conocida como "la laguna de Bungen", en las cercanías de un pueblo chato y diminuto en la provincia de Buenos Aires.
La muerta era huésped de un hotel que vende servicios de salud y bienestar a personas que llegan estresadas, obesas y aburridas, y que están dispuestas a someterse a una dieta de hambre y a un régimen militar de actividades saludables o seudocreativas. Una estafa como hay tantas, pensada para ofrecer lo mínimo haciéndolo pasar por mucho: nada que hacer, casi nada que comer, un horario estricto para todo, y la posibilidad de abandonarse a la humillación y el hastío a cambio de olvidar las responsabilidades y las exigencias de la vida en el mundo real.
Lo curioso de este hotel, sin embargo, no es su carácter de estafa perfectamente legal, sino el hecho de funcionar en un delirante castillo levantado por un alemán excéntrico en medio de un pueblo de un puñado de casas bajas. Un capricho que sería inverosímil si no fuera porque los castillos con torreones, almenas y fosos fueron una práctica relativamente frecuente en tiempos de vacas gordas en estas pampas.  


sexta-feira, 27 de maio de 2011

El País Cultural: a resenha de Soledad Platero sobre livro de Joyce Carol Oates

Oates in 2006. Photo: Sarahana Shrestha

NOVELA DE JOYCE CAROL OATES

La destreza de una experta


Soledad Platero
JOYCE CAROL OATES lo hizo una vez más. Publicó otra de esas novelas que hacían crispar de horror y envidia a Truman Capote, y que la vienen manteniendo entre los autores más leídos en su país desde hace décadas.
Hay quienes dicen que el Gran Novelista Norteamericano -una fantasía que ronda toda producción de largo aliento ambientada en los Estados Unidos- no es un hombre, sino una mujer, y se apellida Oates. La afirmación es verosímil. Esta mujer menuda, con cara de ratón de biblioteca y ojos agrandados por lentes gruesísimos, lleva publicada una centena de títulos entre los que hay novelas, cuentos, poesía, ensayo y teatro. Aunque sería exagerado decir que todos son buenos, hay que reconocer que con los que son muy, muy buenos, ya se ganó un lugar indisputable en las letras en lengua inglesa.
Ave del paraíso es una muestra de lo mejor de Oates: un novelón gótico escrito con la inteligencia y la destreza de una experta. En el comienzo hay un crimen. Una joven mujer, esposa y madre, aparece asesinada brutalmente en su cama, en la vivienda barata que compartía con una amiga desde que había tomado la decisión de cambiar de vida, dejando atrás a su marido. El que la encuentra es Aaron, su hijo adolescente. La policía comienza inmediatamente a buscar sospechosos, y los que se perfilan con más posibilidades son el ex marido, Delray Kruller, y el amante, Eddy Diehl. Como en una novela de James Ellroy, esa muerte brutal, especialmente violenta, pondrá en marcha una historia que se abre siguiendo a dos personajes: Aaron, el hijo de Zoe Kruller, y Krista, la hija de Eddy Diehl.
Pero Oates es una escritora superior a Ellroy. Sus novelas son mucho más que los truculentos temas que elige (o que la eligen, de creer en sus declaraciones). Es en el notable manejo de las voces narrativas, en el exacto aire que da a cada personaje -a los pensamientos y sensaciones de cada personaje- que se sostienen sus dramones, siempre a un paso de tocarse con la literatura más barata y sensacionalista, pero siempre a un paso también, y mucho más corto, de las grandes novelas clásicas.

sexta-feira, 25 de fevereiro de 2011

Los fantásticos barrocos



Reproduzimos resenha de Soledad Platero publicada hoje no Suplemento Cultural do El País - UY  sobre ensaio literário de Carlos Gamerro.


BORGES DECÍA QUE el primer acercamiento en lengua inglesa a Chuang Tzu (800 a.C.) fue el de Oscar Wilde, en el Speaker, en 1889. Mucho tiempo después de que Wilde diera su opinión sobre el "peligrosísimo" autor chino, el propio Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo incluyeron una versión en español de la brevísima historia de la mariposa que soñaba, en su Antología de la literatura fantástica (1965). El texto es conocido: "Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu". Dos oraciones bastan para tener una ficción barroca.
Para Carlos Gamerro, lo barroco puede manifestarse en el nivel de la frase -y ese sería el barroco más reconocible- o en el nivel de la anécdota, pero nunca en ambos. La frase barroca es la que todos entendemos como tal, y sus ejemplos más ricos pueden rastrearse en el Siglo de Oro español -en las complejas construcciones de Góngora o en la ramificada arquitectura de Quevedo-, y descubrirse con vigor renovado en el siglo XX latinoamericano -en la prosa de Lezama Lima y en la poesía "neobarrosa" de Néstor Perlongher, por ejemplo. Pero cuando hablamos de ficción barroca las cosas pueden no ser tan claras.                                        
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