sexta-feira, 8 de julho de 2011

El País Cultural: A resenha de Soledad Platero sobre livro de Vlady Kociancich


Tradición y talento individual


Soledad Platero

AUNQUE HACER una afirmación semejante es siempre un peligro, no está de más correr ciertos riesgos para postular que hay cierta literatura que sólo puede ser argentina. Y que esa cualidad única, peculiarísima, no tiene que ver con escenarios o temas, sino que habita en una forma precisa, distintiva, de trabajar en el lenguaje.
Cuadro de una muerte dudosa es una novela argentina, y no porque irrumpan en ella Buenos Aires, o el olor del café, o la enormidad vacía del campo (el campo, en la Argentina, no es como el campo uruguayo: es el desierto metafísico que Borges encontró en Sarmiento, en Mansilla o en Hernández), o los apellidos ingleses pegados a nombres criollos. Es argentina en su escritura. Es inconfundiblemente argentina en la forma de tratar con las palabras, de pegar adjetivos a sustantivos, de establecer el ritmo de la prosa: "Sé que ese hombre lleva años escapando de la justicia con sobornos, pagando caro un nombre falso. Sé que amparado en la desidia de funcionarios tan huidizos como él, igualmente insaciables de plata mal habida, pudo vivir casi al nivel de la autoridad que había tenido antes de cometer la estupidez de un asesinato".
En la escritura de Vlady Kociancich (Buenos Aires, 1941) está Borges (y en Borges hay mucha gente), pero también es fuerte el parentesco con Piglia, con Andrés Rivera, con Abelardo Castillo, con Sylvia Iparraguirre, con Eduardo Belgrano Rawson. Está en ciertos giros, en cierta forma de tratar la frase; de inyectarle, podría decirse, una prosodia literaria.

UNA ESTAFA LEGAL. En Cuadro de una muerte… hay varias muertes, aunque sólo una sea la del título. Pero ya se sabe que una muerte violenta procede siempre de alguna muerte anterior, y no es raro que se estire en muertes posteriores. Una mujer aparece colgada de un árbol, en medio de un campo pelado, en una zona baja y pegajosa conocida como "la laguna de Bungen", en las cercanías de un pueblo chato y diminuto en la provincia de Buenos Aires.
La muerta era huésped de un hotel que vende servicios de salud y bienestar a personas que llegan estresadas, obesas y aburridas, y que están dispuestas a someterse a una dieta de hambre y a un régimen militar de actividades saludables o seudocreativas. Una estafa como hay tantas, pensada para ofrecer lo mínimo haciéndolo pasar por mucho: nada que hacer, casi nada que comer, un horario estricto para todo, y la posibilidad de abandonarse a la humillación y el hastío a cambio de olvidar las responsabilidades y las exigencias de la vida en el mundo real.
Lo curioso de este hotel, sin embargo, no es su carácter de estafa perfectamente legal, sino el hecho de funcionar en un delirante castillo levantado por un alemán excéntrico en medio de un pueblo de un puñado de casas bajas. Un capricho que sería inverosímil si no fuera porque los castillos con torreones, almenas y fosos fueron una práctica relativamente frecuente en tiempos de vacas gordas en estas pampas.  


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